ESCAPE ROOM ⭐️⭐️➕

ESCAPE ROOM (Adam Robitel, 2019) ⭐️⭐️➕


Lo+: Alguna set piece más que interesante.
Lo-: Nunca viaja más allá de su propuesta.
El terror es uno de los géneros cinematográficos más prolíficos y en constante cambio. Y
decimos cambio, en detrimento de otros términos, como evolución, porque no siempre lo uno
implica lo otro, aunque eso no significa que dicha evolución no sea patente en parte de la
actual cinematografía de género.
Podemos en su reciente concepción encontrar dos vertientes claramente diferenciadas de cine
de terror. Uno más preocupado en hacer saltar de la butaca al espectador cada pocos minutos,
y otro con la rejuvenecida cualidad -hola, tiempos de crisis y reivindicación- de actuar como
sucesor de la ciencia ficción como mecanismo de crítica social y moraleja de las que duelen
más que los propios miedos paranormales. Sin ir demasiado lejos, sólo hace faltar echar una
mirada a la reciente y maravillosa Us para saber de qué estamos hablando.
Escape Room, aunque no escapa del todo a cierta mirada crítica de la sociedad del
entretenimiento en tiempos de clases sociales tan descompensadas, se aleja de la mayoría de
estas pretensiones -a las que menciona de pasada- para ofrecer un divertimento rápido y
pasajero, que, a pesar de sus buenos momentos, resulta fácilmente olvidable una vez
terminada.
Ojo, que eso no es del todo malo. La película de Robitel, un producto harto superior a su
anterior y desastrosa última entrega de la otrora significante franquicia Insidious, consigue
llegar donde pretende y ofrece 99 minutos de gozo casi constante -algo que cada vez parece
más difícil de encontrar en determinados géneros-, que presentará a los neófitos un mundo
nuevo y arrancará en determinados momentos una sonrisa involuntaria al escapista avezado,
que reconocerá ciertos patrones y explicaciones.


El problema reside básicamente en que no hay nada nuevo en el horizonte, más allá de
algunas set pieces originales y trepidantes, y todos los caminos ya habían sido recorridos con
mayor virtuosismo en las mejores entregas de las sagas Saw o Cube, y la sensación de dejà vú
es prácticamente imposible de contener, más aún sin alcanzar un nivel de violencia y descaro
comparable a éstas que distraiga lo suficiente al espectador.
No ayuda la falta de profundidad de unos personajes planos y caricaturescos, que, si bien
funcionaban en otras cintas de similar calado -véase The Ritual (David Bruckner, 2017), en que
el inexistente background de sus protagonistas es innecesario ante una premisa deslumbrante,
a pesar de deshincharse al alcanzar tal insignificante tramo final-, no terminan de encajar aquí,
y resultan menos sorprendentes y más predecibles que los mismos juegos, así como una clara
tendencia hacia la sobreexplicación -esa introducción al escapismo que es de vergüenza ajena-,
muy clara en aquellos productos que piensan que el espectador medio es incapaz de
comprender la película sin un detalle al milímetro.
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