EL HOMBRE INVISIBLE ⭐️⭐️⭐️➕

EL HOMBRE INVISIBLE (Leigh Whannel, 2019) ⭐️⭐️⭐️➕

Lo+: La acertada actualización de la historia.

Lo-: Algún subrallado de más en sus intenciones.

Los problemas, las inquietudes y las desigualdades sociales han encontrado una voz firme y potente en el género de terror. Si el naranja es el nuevo negro, entonces el terror es la nueva sci-fi. En la era, hollywoodiense y no, del #MeToo y el movimiento feminista, no es de extrañar la proliferación de productos ajustados a esta línea. 

A nadie pasa por alto la capacidad de Elisabeth Moss (Peggy Olson para algunos, Ofred para muchos) para entregar personajes atormentados y rotos, complejos y guerrilleros, y que en la última década se ha alzado, a través de casi todos ellos, como estandarte de las reivindicaciones de género. Su talento interpretativo no queda atrás en esta cinta, mas la elección de cásting debe entenderse como una estrategia calculada al milímetro para grabar a fuego las intenciones del guión. 

 

Aún así, el nombre propio que con más fuerza suena en esta función es el de un Leigh Whannel no tan extensamente nombrado, a pesar de que fue su cabeza (y su mano) la que no sólo originió las prolíficas sagas Saw e Insidious junto a James Wan, sino que también capitaneó con estilo la tapada Upgrade (2018). Es él y no otro (aunque deban acreditarse los esfuerzos de James Blum para deleitarnos casi sin pausa con una amalgama de productos en constante movimiento entre la temporada de premios y la serie B) quien imprime de un grandilocuente valor añadido la historia de Adrian Griffin.

 

Se las apaña así, y con encarecido éxito, para trasladar la clásica historia de H.G.Wells a la época actual sin desconcertar al público ni hacer caer la trama en una comicidad irrisoria a base de CGI mal nutrido, contextualizado con acierto a base de los problemas a los que sucumbe la sociedad actual. Y es que dota el texto de una diabólica tensión al convertir a la víctima (y no al agresor) en protagonista incuestionable de la cinta, especialmente en aquellos pasajes de mayor intimismo, cuando al espectador no le toca otra que sufrir ante la incapacidad del mundo exterior para creer su versión de los hechos.

Lástima que no es oro todo lo que reluce, y el guión viene perforado por diversas perlas de exposición que tratan de subrallar el mensaje político, o ese final, dilatado en exceso para funci

onar como clímax, y que le deja a uno preguntándose si había sido ésta su verdadera intención narrativa desde el principio.

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