CEMENTERIO DE ANIMALES ⭐️⭐️⭐️

CEMENTERIO DE ANIMALES -PET SEMATARY- (Kevin Kölsch & Dennis Widmyer, 2019) ⭐️⭐️⭐️

Lo+: Su discurso sobre el duelo.
Lo-: Ese último cambio de rumbo respecto a la novela. 

Stephen King, además del maestro del terror y el folklore norteamericano, es uno de los escritores más prolíficos de nuestro tiempo. Es, además, uno de los más adaptados al formato cinematográfico, con cientos de exploraciones y revisiones de su obra en su haber, a pesar de haberse demostrado ya con creces que es también, contra todo pronóstico y sin importar las señales que parecían indicar lo contrario, uno de los más difíciles de ajustar con precisión.

 Esto es así porque Hollywood, en su sabiduría corporativa, opta a menudo por obviar el mensaje que subyace detrás de cada relato tenebroso, detrás de cada susto horripilante -bien por no interesarle, bien por creer que el espectador es incapaz de comprender-, y se inclina a vender un formato de terror que resulta más plano y comercial.  Ahí están, por ejemplo, cintas y series del calibre de Cell (Tod Williams, 2016), Under the dome (Brian L. Vaughan, 2013-2015) o la nefasta The Dark Tower (Nikolaj Arcel, 2017), que sin sutilezas omitieron las viscerales preocupaciones sobre nuestra dependencia a la tecnología, los conflictos sociales o la obsesión -ni siquiera The Shinning (Stanley Kubrick, 1986), obra cumbre del género, funciona del todo como adaptación, hablándonos de temas totalmente distintos-.

 Otros, por el contrario, sí han sabido captar el mensaje de King y plasmarlo en el celuloide, desde un Frank Darabont emérito -más allá de las maravillosas The Shawshank Redemption (1994) y The Green Mile (1999), también del autor de Maine- y cargado de consciencia social en The Mist (2007), a un Mike Flannagan que sorprendió con la exquisita Gerald’s Game (2017) -la supuesta obra inadaptable de King-, pasando por Rob Reiner (Stand by Me, Mysery) y un Andy Muschietti que comprendió en It (2017-2019) que lo importante no es el payaso, sino la transición de niño a adulto.

Cementerio de animales es, con toda certeza, la obra más terrorífica y personal de King, un degranado de dolor desde las entrañas mismas de su creador, que nos ofrece un relato directo y sustancial para hablarnos de la muerte y la incapacidad del ser humano para aceptar el duelo. En este sentido, la película de Kölsch y Widmyer logra capturar la ansiedad y el sufrimiento, la incomprensión y el desamparo derivados de la pérdida, idea alrededor de la cual gira -como hiciera la novela- casi la película entera, y que se postula como su mayor logro. Cada escenario, cada situación, incluso cada diálogo, destila dolor e impotencia y cuestiona la imperiosa presencia de la muerte, a la que todo personaje está sometida de un modo u otro. 

Pero, por encima de esto, se alza esa obsesión casi gollumesca por regresar al cementerio, que  no es más que un fiel reflejo de nuestras ansias por vencer a la muerte y negar la pérdida de aquellos a quienes amamos, sin importar cuestiones como estado, condiciones e intenciones, que tan triviales se nos antojan ante la perspectiva del dolor.

Siguiendo esta línea, es una verdadera lástima que los directores, en su último cuarto, opten por derroteros mucho más comerciales -pese al poderío de esa última imagen, todo forma y estilo-, olvidando la importancia del final de la novela, que pretende reafirmar las ansias de los personajes por reencontrarse con aquello que han perdido –no matter what– y dota de un sentido magistralmente más completo al conjunto, y que aquí queda dirimido en pos del impacto.

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